Lun 17 Dic 2007
¿Son Dioses los artistas?
Publicado por Marcelo Avero en Opinión
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Se nota que hay artistas que nunca crecen.
Hay personas que creen que su juventud es para siempre y que, cual Dios mitológico, la inmortalidad forma parte de su esencia.
Tal fue el caso de Kevin Dubrow, quien a sus 52 años murió por una sobredosis y fue encontrado seis días después del hecho.
Esto me hace pensar en la cantidad de artistas que, habiendo tenido fama y dinero, mueren y se les encuentra, generalmente, días y días después. ¿Qué, ya no tienen amigos?
Kurt Cobain fue hallado varios días después, con su cabeza destrozada por una shot gun, Jim Morrison murió solo en su casa (aunque esa es la versión que dio Pamela, su novia, en aquel entonces), Brian Jones, en su piscina, también solo.
Y la lista es interminable: Janis Joplin, Bon Scott, Michael Hutchence, Sid Barret…
Todos ellos aclamados mundialmente, dioses virtuales de la humanidad, todos solitarios en el último y más importante momento de su vida, su muerte.
Pero, ¿hasta qué punto es culpa de ellos? ¿No tendremos nosotros, los fanáticos, algo de crédito también?
Cuando sale un nuevo disco de nuestra banda favorita, vamos corriendo a comprarlo, inclusive antes de haber tenido la oportunidad de escuchar siquiera un tema de prueba, llevándonos luego una notoria decepción (me pasó personalmente con “In through the out door” de Led Zeppelin). Pero no nos importa, porque tal o cual banda son los dioses para nosotros, somos incondicionales.
Esta es una de las razones por las que ellos, los artistas, tarde o temprano se creen intocables, más bien tocados por algún rayo de luz divina, cual Calígula. Y lo peor de todo, es que nosotros lo creemos también.
Creo que va siendo hora que despierten, y despertemos de este sueño opiáceo, y nos demos cuenta de que nadie, ni siquiera esos “monstruos” de la música están por encima de las leyes naturales. Inclusive ellos mismos pueden tener una vida tanto o más miserable y aburrida que la de nosotros, los “mortales”.

En mis épocas de adolescente, cuando aún mis muñecas estaban protegidas por la obligatoria muñequera con tachas, pelo largo, jeans azules ajustados y las zapatillas “All Star” rojas o alguna bota militar ocasionalmente; la incondicional camiseta negra con algunos agujeritos por quemaduras de cigarrillo o por alguna pelea por saber cuál era el mejor guitarrista o banda; los que le tiraban a la música clásica estaban “out” de ése ambiente.




